Corazón polilla


Marina hace ya tiempo que no duerme sola. Aunque ninguna figura humana le dé las buenas noches, Marina hace ya tiempo que no despierta sola.


Todo comenzó la primera noche que Marina habitó la nueva casa. Era vieja, cierto, pero los ruidos cotidianos no se correspondían con los que salían de la alacena. No tuvo miedo aunque sí cierto desasosiego al comprobar, abriendo la puerta, que nada había allí dentro. 
Nada. Ni trastos usados, ni siquiera una mesa desvencijada. 
Nada.
Sólo cuatro paredes pintadas de gris y una sensación de habitabilidad que no se correspondía con el vacío del pequeño cuarto. Y el ruido de un animal que se hacía cada vez más presente. Pero no visible. No hoy.

Marina no salía casi de casa. Una extraña enfermedad diagnosticada mil veces le paralizaba hasta que, casi inmóvil, se obligaba a contar las horas sentada en la mecedora del salón. Podría decirse que, cansada de mil pruebas, se había rendido. Los psicólogos, los especialistas, los psiquiatras… nadie le dio nunca remedio. Heredó la casa de su bisabuela y decidió morir allí. Quería morir sola, pero tal vez eso no fuera posible. No hoy.

Solo le acompañaba el ruido de la alacena. El animal. Con el tiempo agradeció la presencia del bicho. Al fin y al cabo nadie llamaba, ni el cartero. Ni una carta ni una factura. Sola.

Le producía terror que el ruido tomase alguna forma por eso jamás abría la puerta de la alacena. También temía que el ruido cesase. Con el tiempo se acostumbró tanto al sonido que empezó a echar de menos ponerle rostro. Si es que aquello lo tenía.

Así que una mañana de noviembre decidió entrar, de nuevo, en la vieja alacena. Hasta dentro. Se colocó en medio de la pequeña y oscura sala y esperó. La soledad surgió de entre las paredes y se le pegó en la piel. Se sintió arropada por primera vez en su vida. Le vio la cara al bicho y sonrió. La soledad se metió en su cama y durmió con ella. Despertó con ella.

Aliviada, al fin, entendió que hay enfermedades que no son tales. Asumió su estado y se meció lentamente. La soledad, o eso creyó, le propuso tomar un té.

Ella dijo que sí.



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