Inspiración

Luego tiene una vaga idea... se le escapa a través de la frente y entre los ojos; persigue los rastros de ese humo insomne e irreverente, traza espirales y círculos y lazos diminutos que desaparecen entre sus dedos. Vuelve a verla pasar ante sus ojos, como fuegos artificiales al apretar muy fuerte los párpados. Silencio. Nada. Parece que se ha ido. Pero no, aparece a lo lejos y el baile vuelve a comenzar. Es difícil atrapar la inspiración.
Se imagina a sí mismo como un experto cazador de mariposas, con una red y un sombrero, y un morral lleno de botes de cristal cerrados con tapón de corcho, pequeños y sutiles contenedores donde va recogiendo el polvo que las alas dejan tras de sí. Porque a las mariposas casi nunca puede atraparlas. Ellas lo saben, pero le ceden, benévolas, los restos de color del aleteo. Como el polvo de tiza que se desprende de la pizarra tras las palabras escritas, tras el primer dibujo de un niño, tras el intento adulto de volver a asomar la infancia a los ojos.
Y de pronto se da cuenta del lugar en el que está, en ese mismo momento, el mismo lugar en el que estaba antes de imaginarse experto cazador, antes de las mariposas y la tiza. Y coloca en frente de él, los botes llenos de polvo de mil colores. Y entre los botes y él, varias hojas de papel blanco y un lápiz cualquiera. Destapa sigilosamente uno de los tapones de corcho…y todos los matices salen del frasco, revolotean por la habitación y se dejan caer suavemente sobre el papel blanco. Él se dedica a ordenar y reordenar, lápiz en mano, lo que hay sobre el papel, hasta que algo de todo aquello le provoca una sonrisa de satisfacción.

Porque a la inspiración casi nunca puede atraparla, pero él disfruta igualmente de todos los intentos.

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