No lo sé...


Un portazo. Medio dormida agudizo el oído que, desperezándose, atisba un portazo. Mario ha debido marcharse ya al trabajo. Abro los ojos. Es sábado. Mario no trabaja los sábados.

El sonido de la cadena del váter, más claro, hace que me despierte del todo. Mario baja las escaleras; la cafetera comienza a sonar; huele a tostadas. Es sábado y Mario está en casa.
Hablamos de política, de una conversación que tuve ayer con Lucía, de los hijos que nunca tendremos, de la discusión del jueves. Hablamos y hablamos, y las tostadas se van consumiendo. Decidimos comer fuera, no lejos de casa, para poder echarnos un rato. La siesta de los sábados. De todos los sábados.


Últimamente noto que veo algo borroso. Debo ir al oculista pero no tengo tiempo. No saco tiempo, más bien. No me gusta ir al médico. Me da pánico que me dé una mala noticia. No me gustan. Prefiero ignorarlas. 

Le digo a Mario que suba la voz, que no le escucho bien. Últimamente habla muy bajo, muy despacio. A veces, su voz se confunde con el sonido del televisor tanto, que mezclo conversaciones domésticas con patrias o universales. Bajo el volumen del televisor y sigo sin escuchar a Mario. Me rindo. Si no quiere hablar más alto, es cosa suya. Tampoco es que me vaya a salvar ni el telediario ni su conversación. Me duermo en el sofá.


Suena el despertador y una mano me roza el hombro. Me doy la vuelta y no hay nadie. El duermevela es confuso, siempre lo es. No le doy importancia. 

Bajo las escaleras y Mario, a lo lejos… a lo lejos, calienta leche. No sé qué me dice de comprar magdalenas. Voy yo, le contesto. Y poniéndome el abrigo sobre el pijama voy al mercado más cercano. Es domingo. Cerrado. Vuelvo a casa sin magdalenas. Mario lee en el salón el periódico. Me siento a su lado y comento una noticia, pero Mario no me responde. Mario, a veces, no me contesta, pero ya estoy acostumbrada.
Voy a salir con Carmen, le informo. Y el periódico se mueve, asintiendo. Me maquillo, me visto y acudo a mi cita.

A mi regreso, me encuentro con el vecino del perro del quinto. Un perro grande y tranquilo, que me lame la mano, reconociéndome. El vecino de perro del quinto piso me pregunta si al final voy a vender el piso. No lo sé, aún no lo sé. Me pregunta qué tal llevo lo de que Mario se haya ido hace un mes de casa. 


No lo sé. Aún no lo sé.


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