El reino de Calúndrula

El reino de Calúndrula no se puede ver a simple vista porque está muy escondido. Allí viven los Wafes, unos duendecillos azules que se encargan de que los niños jueguen y se partan de risa. El reino de Calúndrula está gobernado por Asmónida, un hada mágica y con ganas de fiesta. Tiene muy buen carácter, siempre y cuando los Wafes hagan bien su trabajo, que no es muy complicado, la verdad. Tienen que limitarse a sonreír todo el día y repartir Polvos de la Risa.
Hace muchos años, siglos, diría yo, sucedió algo terrible. Resulta que a la reina le dolía muchísimo una de sus alas (sí, Asmónida tiene dos alas blancas. No, no son para volar. En ellas guarda los Polvos de la Risa que son para eso, para reírse sin parar. Por eso tiene tan buen carácter). Tomó ambrosía, una bebida muy rica sólo reservada para  reinas con alas, pero nada. Desesperada, probó con una aspirina pero, claro, ese medicamento es para los humanos, no para las reinas con poderes mágicos. Nada de nada.

Los Wafes acudieron en busca de su ración de risas pero Asmónida no estaba para gaitas. Como le quedaba un ala sana, repartió los polvos entre la mitad de los duendecillos pero a la otra mitad los dejó sin nada.

-          No os preocupéis, me recuperaré... Aunque no se cuándo. De momento, id repartiendo las risas hasta que se acaben y ya veremos qué se puede hacer.

Ese mismo día, en la Tierra, un montón de niños se pusieron a llorar como desesperados. Sus madres no sabían qué hacer. Les dieron leche con azúcar (que, ya lo sabéis de sobra, endulza los sueños). Nada. Les regalaron un juguete. No les hizo ninguna ilusión. ¡Y venga a llorar! Al final se acostumbraron (si es que uno se puede acostumbrar al llanto y a la tristeza de un niño) pero no dejaron nunca de preguntarse qué había ocurrido.

En Calúndrula, Asmónida no se movía de su lecho de flores azules. Mientras una de sus alas seguía fabricando polvos de la risa, la otra permanecía caída, como sin vida. ¡Y lo que le dolía! Uno de los ojos verdes de la  reina lloraba. El otro reía. La mitad de los Wafes trabajaban todo el día. La otra mitad lloraba desconsoladamente. ¡Vaya panorama había en Calúndrula!

Pasaron muchos, muchos años. Los niños crecieron. Los Tristes (así empezaron a llamarse) se casaron con Alegres, para compensar y comenzaron a tener hijitos que, a veces reían y otras lloraban. Desde luego no era como antes, cuando todo el mundo se partía de la risa. Sí, tenían problemas, pero se lo tomaban con humor. Ahora... pues depende del día, la verdad. Los Wafes hacía ya tiempo que habían desistido y se limitaban a vivir en Calúndrula y a cuidar de su  reina que, no es por nada, pero estaba hecha polvo.

Asmónida seguía con su enfermedad y ya no podía aguantar más, así que fue a visitar al Mago Florik.
-          O me curas este ala o no se qué va a ser de mí. Unas días lloro, otros me río... ¡No entiendo nada, Florik! Yo era una Reina de lo más rumbosa y ahora me pongo de mal humor, me enfado, lloro...
-          ¡Habéis estado muy mal acostumbrados todos estos años, querida! En el mundo no todo son risas y fiestas. El dolor existe y no es bueno reprimirlo. Si dejaras de pensar en tu mala suerte y aceptaras este cambio, el ala te dejaría de doler.
-          ¿Pensar que los niños puedan estar de mal humor? ¡Vamos... eso no te lo crees ni tú!
-          Querida Asmónida, tu intención es noble pero del dolor también se aprende. Estoy de acuerdo contigo en que la risa de un niño es lo más bello que se puede escuchar pero, ¿de qué sirve que sonrían cuando el dolor se instala en su corazón? Este mundo es cruel y no sirve de nada esconder la realidad. Es sano reír y es sano llorar. De lo que deberías ocuparte, a partir de ahora, es de que los pequeños no sufran demasiado. Es ley de vida, Asmónida.
-          Creo que tienes razón. Me he estado engañando todo este tiempo. Lo del ala fue un aviso pero sólo me preocupé de que sanara a toda costa y no pensé en el significado de su enfermedad.

La  reina explicó la nueva situación a los Wafes. A partir de ahora se repartirían los Polvos Mágicos entre todos, aunque tocaran a menos. De esta forma, todos los niños tendrían su ración de risas. De los llantos ya se encargaría la vida. Los Wafes estaban extrañadísimos, pero no tuvieron más remedio que aceptar las nuevas órdenes.

-          Eso sí, dijo Asmónida, si os enteráis de que algún niño sufre más de lo debido me lo comunicaréis inmediatamente y lo traeremos a nuestro reino para que se recupere de su dolor.

Bueno, por lo menos los duendes volvían al trabajo (los duendes en paro se ponen insoportables, de verdad). La  reina aprovechó para tranquilizarse y su ala se empezó a curar.

Lo demás, ya lo sabéis. Unos días estáis tristes y otros alegres. Si os duele la tripa, lloráis, si os cuentan un chiste, reís. Si vuestro abuelo se enfada con vosotros (casi siempre con razón) os ponéis tristes, si papá os felicita por algo que habéis hecho bien, os entra una alegría... ¿A que sí?

Algunos niños cuentan que han visto a Asmónida y a los Wafes. Si un pequeño no encuentra la risa en un par de días, los duendes se lo llevan al reino de Calúndrula. Allí pasa una noche entera y al día siguiente, antes de que sus padres despierten, vuelve a su cama, mucho más contento. ¡Y es que dos días sin sonreír son demasiados para cualquiera!


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