Los buenos días

Tenían las manos atadas a la espalda y la boca amordazada.
Recordaban, por momentos, a los presos de Galeano, comunicándose con las yemas de los dedos, y, sobre todo, entendiéndose. Para no ahogarse, para no morir.
Se decían desde insultos hasta poemas de amor, mientras el ritmo de sus movimientos, de sus sonidos sordos, se parecía al chasquido de las teclas de las máquinas de escribir.
Cuando, mutuamente, se desataban las manos y liberaban sus bocas, sus cuerpos desnudos hablaban y ya no hacía falta que se dieran los buenos días.


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