Los grises




El 15 de mayo de 2012, como todas las tardes, aquella pareja de viejecitos salió a dar su paseo. En los jardines atrapados por las vallas de ciudad, ya se dejaban ver las primeras rosas del año.
El anciano miró a su alrededor. Soltó la mano de su mujer y ayudándose de su bastón consiguió superar los primeros treinta centímetros de obstáculo. 
Se acercó al rosal, volvió a mirar a su alrededor, y con la adrenalina del que se sabe infractor, arrancó con sus manos temblorosas la rosa más grande que encontró.
Se volvió rápido hacia su mujer. Esta lo esperaba con una sonrisa cómplice para ayudarle a saltar de nuevo y pensaba que, por detalles como ese, aquel hombre era el hombre de su vida.


Se conocieron hace más de medio siglo. Habían llegado a la capital por caminos diferentes. Él, hijo de pastores, había quedado atrapado por la guerra entre las montañas a orillas del Ebro. Ella, descendiente de supervivientes, había aprendido de sus tías todo lo necesario para la vida, y abandonando aquel pueblo pesquero que la vio nacer, puso en práctica, en la ciudad, sus dotes para la cocina, la costura y el negocio.
Era una tarde de abril, y él había entrado en aquel bar, como todas las tardes a la salida de su trabajo de aprendiz en el periódico "Ya". Llevaba las manos manchadas de tinta de todas las horas pasadas entre imprenta y rotativas. Se sentó en una de las banquetas que había junto a la barra y pidió un vino, tinto y peleón, como siempre. Y, como siempre, le sirvieron el vino en vaso chato y acompañado de un pequeño plato con algo de comer. Cogió un palillo del bote que estaba encima de la barra y pinchó una de las patatas que reposaban en el plato.
-¿Cómo es posible que algo tan sencillo sepa tan bien?-pensó en voz alta.
Al otro lado de la barra había una mujer, entrada en carnes y años. Soltó una carcajada que hizo mover su pecho y su tripa, ondeando el delantal que la cubría.
-Las ha hecho mi sobrina. Acaba de llegar de Asturias. Tiene muy buena mano con la cocina -dijo mientras secaba con un trapo el vaso que tenía en las manos.
-Quiero conocerla-dijo él.
La mujer le dedicó una sonrisa de complicidad. Siempre le había caído bien aquel muchacho.
-¡Nena! ¡Preguntan por ti!
De la puerta de la cocina salió una chica algo más joven que él, delgada, con el pelo moreno y ondulado, recogido en una coleta, y unos grandes ojos azules. Él se puso de pie y la miró sin decir una palabra. Ella sonreía mientras se secaba las manos con un paño.
Mientras, en la calle, militares y policías se encargaban de dejar constancia de que Madrid les pertenecía.



El anciano salió del jardín. Ella tendió su mano para recibir la rosa, y le besó. Miró nerviosa a su alrededor y no supo si el nudo en el estómago era por el beso, por los nervios o por ambas cosas.
-No te preocupes, amor –dijo él- aunque les rodee la primavera, los grises siguen mirando hacia otro lado.

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