X

Madrid era un plano en blanco en su cabeza, un papel sin dibujar que poco a poco fue llenando de calles paseadas, recorridas, recreadas, discutidas, retrocedidas y esperadas. Y cuando su plano de Madrid ya no era tan blanco, cuando el papel estaba lleno de apuntes en los bordes, sucedió que le tocó aprender el significado de la palabra adiós. Y resultó que, con cada despedida, fue llenando de X su plano de Madrid, tachando los rincones por los que ya no podía pasar, prohibiéndose el paso porque con cada adiós, esos lugares se habían cubierto de enfado primero y después, de tristeza. Y con la tristeza allí plantada, la esperanza y lo bonito estaban a punto de echarse a dormir o marcharse muy lejos.
Y en su recién estrenada andadura por el camino de los encuentros y los desencuentros, ocurrió la última despedida, la que le tocaba vivir en ese momento por no haber aprendido lo suficiente, o porque quizás fuera esa precisamente la manera de aprender, o porque había aprendido a aprender de memoria y nunca nadie le había enseñado a hacerlo con el corazón.
Y con esta última despedida también hubo enfado y también hubo tristeza y también tuvo que amarrar bien fuerte a la pata de su pantalón lo bonito y la esperanza para que no salieran corriendo.
Entonces entró en aquel bar que había descubierto con él y donde siempre la trataban tan bien. Pidió lodesiempre y se sentó en la mesa de la última noche. Desde allí posó su mirada, una por una, en todas las mesas, y le sorprendió que cada una de ellas le devolviera un recuerdo, una imagen, unas palabras, una risa o una lágrima, una pequeña decepción, y también todo el brillo del mundo. Entonces sacó el mapa que tenía guardado y lo extendió encima de la mesa. Estaba dispuesta a tachar los lugares que tocaban esta vez. Miró a su alrededor. Ése era uno de ellos.

Desde detrás de la barra le golpeó una sonrisa con gorra de marinero y cigarro.

Entonces dobló el mapa con cuidado y lo volvió a guardar. Esta vez, sin nuevas cruces.´
La mesa era para varios y ella estaba sola, así que sentó a su izquierda a lo bonito y a la derecha a lo desagradable; al lado de lo bonito puso al enfado; y al lado de lo desagradable puso a la tristeza.
Todavía quedaba libre el asiento que estaba frente a ella. Allí colocó a la niña que le rondaba por dentro, la de las pataletas, la del no entiendo y la del quiero que me quieran, que me cuiden, que me... y lo quiero ya.
Miró a los cinco y les explicó:


- "Yo puse un poco y él puso otro poco.
Lo hicimos como supimos. Y hubo lo que podía haber.
Y... ahora...
yo no soy vientodelsur para él,
ni él es noviembre para mí.
Y nos toca seguir, cada uno por su camino".


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