Sinestesia

Cuando Martina supo que el niño de pecas de la clase de 3º se llamaba Jaime, no pudo contener las lágrimas.

¡Jaime! ¡Cómo un niño de ojos verdes y pelo marrón podía tener un nombre rojo!

Al salir del colegio, en el camino hacia casa, Martina no dijo ni una palabra. No abrió la boca ni siquiera para pedir dos paquetes de cromos o protestar por la merienda sin chocolate... otra vez bocadillo... Martina tiraba de la mano de su madre cuando ésta se paraba mínimamente en algún escaparate. Y, una vez en casa, se fue directamente a su cuarto. Cerró la puerta y se sentó en la alfombra que cubría un pequeño trozo de suelo en el centro de la habitación.
Aquello requería mucha concentración. Primero se levantó y sacó unos cuantos folios en blanco y las pinturas. Pintarrajeó en verde durante algún tiempo sin obtener el resultado esperado.
Probó con otros materiales: plastilina, papeles, cartulina, algodón...toda la habitación llena de pruebas que Martina había desparramado por el suelo en un pulso frenético con su propia creatividad.

Agotada y sin ideas, Martina salió de su cuarto y se dirigió hacia el salón. Allí estaba su madre, sentada en el sofá, con las agujas y la lana.

-¿Te gusta?- preguntó a Martina- Ya la he terminado.

Martina miró fijamente la pequeña bufanda verde que su madre sujetaba entre las manos. La cogió sonriendo y se la enroscó en el cuello mientras se la llevaba. Antes de salir del salón, Martina giró la cabeza y con una gran sonrisa, advirtió:

-Es para Jaime.


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