Aquel hombre

Aquel hombre tenía más de cien años y ni una pizca de olvido. Bebía para nublar su memoria y lloraba. Lloraba también cada mañana al ver que su cuerpo seguía vivo y, su mente, lúcida.
Y bebía.

Mientras, Dionisos, apoyado en el otro extremo de la barra, repartía cirrosis fulminantes,
a los que cantaban
y a los que reían.










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