Zapatos

Cuando decidieron borrar sus teléfonos e hicieron por olvidar sus direcciones, supieron que no volverían a tener una cita. Se alejaron caminando muy despacio, con las manos en los bolsillos y el alma entre las suelas de los zapatos.

Eligieron direcciones opuestas. Él siempre buscaba el frío; ella siempre había mirado al sur. Se entremezclaron con la gente, se cruzaron con otros ojos y otras formas de mirar. Él siempre negó que se acordara de su pelo. Ella nunca admitió que recordara cada una de sus cicatrices. Pero al cabo de un tiempo, sin darse cuenta empezaron a regresar a los lugares comunes. A escondidas, en silencio, con prudencia y precaución.

Y así, negando que quisieran encontrarse, buscaban sus dos olores en cada rincón. Ella dejaba una flor en cada paso de cebra; él ataba un cordón en cada banco del parque; ella dejaba un papel en los buzones de sugerencias; él daba un anuncio por megafonía. Pasaron años rastreando palmo a palmo la ciudad, con el olvido a rastras y el recuerdo pisándoles los talones.


Las suelas de los zapatos acabaron desgastándose. Los zapatos gastados iban a parar a los cables de la luz que recorrían la ciudad. Desde allí, oteaban los caminos de los dos. Y, desde allí, tramaron el plan definitivo. Un zapato le dijo a otro zapato que le dijo a otro zapato que les contó a los dos pares de zapatos recién estrenados, que tenían que poner fin a aquel deambular absurdo.


Y un día, con el alma a los pies, los dos saltaron a la vez, pisando números diferentes…


1, 2, 3, salto, 10, 9, 8, salto, 4, 7, 5… 6


Ella pensó que serían las flores; él, que los bancos del parque. Ninguno de los dos sabía que sus zapatos habían dejado a su paso las calles llenas de rayuelas de tiza.





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